Como cada tarde al volver del trabajo, María va pensando en lo poco que le gusta caminar por las baldosas mojadas de la lluvia que se mezclan con el polvo del paso del tiempo. Intenta esquivar cada charco para no mancharse los zapatos del uniforme pero es difícil caminar con los tacones por la acera resbaladiza y aguantar el pataguas contra los azotes del viento.
Odia el mes de noviembre. No le gusta la sensación de soledad y desapego que le proporciona. Sabe que cuando llegue a casa por más que la salude con su " hola casa" no le responderá. Nadie contestará a su saludo. Lleva mal esta soledad impuesta. Igual que no soporta ese momento al llegar y echar la llave sabiendo que nadie más tiene que entrar y que todos lo que tenían que llegar, ya lo han hecho.
Siempre los mismo movimientos, la misma rutina. Se limpia los zapatos llenos de barro en el felpudo que compró en los chinos, sabe que tiene que cambiarlo, debería poner uno de un color más alegre y que la haga sonreír al entrar en casa, pero no le apetece. Su alma está herida y no hay cabida para la alegría en su corazón.
Autómata suelta el paraguas en la entrada, el bolso y se quita la chaqueta. El silbido del viento que entra por la rendija del cierre del balcón hace que sienta escalofríos. Aún no se ha acostumbrado a vivir en esa casa.
Cuando se acerca para cerrarlo se fija, como siempre, en las montañas que se elevan en el horizonte, apenas de distinguen sus siluetas. Se mezclan con el cielo que hoy, como todos los días de este maldito mes, se tornan con el color del miedo. Ese miedo irracional que siente al saberse sola.
Se pone nerviosa a esas horas. Ese espacio de tiempo, donde la ciudad da sus últimos coletazos antes de descansar, antes de que todo se vuelva oscuro, hace que piense más en él.
Antaño dedicaba su tiempo a prepara la cena, algún plato exquisito sacado de la revista que diariamente su compañera traía a la oficina; le gustaba cocinar, pero le gustaba hacerlo para él. Tenerlo todo dispuesto para cuando él llegara era su principal tarea cada tarde.
Ahora no sabe que hacer para ocupar las horas hasta que se va a dormir. Hasta que por fin, baje las persianas de su habitación y ese miedo, de paso a la oscuridad más profunda de la noche, donde se deja caer en los brazos de Morfeo y donde el miedo deja de invadir cada poro de su ceniza piel.

