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| Lujuria |
Esa mañana no hubo tregua. Cuando ella subió a la cuarta planta del parking, iba tan sumida en sus pensamientos, intentando entender la relación con su marido, que no se percató de que él la estaba esperando en su moto junto a los ascensores.
Al volverse, después de cerrar la puerta del coche, el ya tenía su cara y su cuerpo a dos milímetros suyo. Sin tiempo para darle los buenos días, con una sonrisa en la cara, la besó.
La besó y abrazó con tanta intensidad que ella no tardó en humedecerse. El se pegaba a ella haciéndole sentir su miembro erecto.
Así, de esa manera, y sin dejar de besarla , la fue guiando con pasos apresurados y decididos hacia el servicio de señoras. Parecía que se les agotaba el tiempo. Cerró la puerta tras de si y se abalanzó de nuevo sobre ella.
Lo deseaba más que a nada en este mundo. El le hacía sentir cosas tan diferentes.....hacía tambalear los cimientos de su cordura.
La atrapó junto a la pared y jugó con ella. Lamió su cuello una y otra vez, sabía que era su punto débil; deslizó sus manos por debajo de la blusa y acarició sus pechos, pellizcando los pezones duros de excitación.
Ella soltó una grito que él ahogó con su boca. Le ponía escucharla jadear y rogarle que la follara.
En un solo movimiento le subió la falda y la cogió a horcajadas. Entonces, la penetró. Una y otra vez. Con cada embestida la acercaba más al climax y la alejaba de sus preocupaciones. Ella sólo podía soltar un jadeo tras otro, mientras se agarraba a su espalda marcada por sus músculos.
Entre tanta lujuria y desenfreno la apoyó en el lavabo; mientras mecían sus cuerpos al mismo son, sus manos buscaron el clítoris de ella. Lo tenía todo controlado. Sabía dónde tocar y cuando.
Juntos llegaron al orgasmo.

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