sábado, 9 de abril de 2011

En cero coma dos


Por supuesto esta no era la tarta (no pidamos peras al olmo)
 Hoy he llegado sin ganas ninguna. Hay días en los que cumplir con tus obligaciones laborales es una pesada carga, igual que llevar una piedra monumental a las espaldas. Bien,pues hoy ha sido uno de esos. No se si es debido a lo acontecido ayer por la noche o simplemente porque esto de tarde ( me inclino por ésto último porque en un estudio que me hice a mi misma hace unos años, salió como resultado que en las semanas de tarde mi estado anímico cae en barrena). A pesar de trabajar las misma horas, el turno se me hace insoportable. Todo me molesta, no me gusta la luz de este terminal, hace demasiada calor; si pongo el aire hace demasiado frío, tengo hambre, estoy sola sin poder hablar con nadie, no puedo fumar...cualquiera que se acerque a menos de un metro por algo que no tiene que ver conmigo, lo colgaría en la plaza del pueblo, bueno, en este caso en mitad del hall.


Entre toda esta mierda y el mosqueo que yo solita me voy provocando porque a decir verdad no me ha pasado nada real para esta excesiva agresividad, pienso que este hambre incipiente en mi cuerpo no ayudará  a que me calme, así que decido hacerme un té (ya hablaré del ritual del té en la oficina).


Antes de levantarme había estado observando ya un grupo de chiquillas inglesas que corrían en grupo con algo en las manos que yo no acertaba a ver, detrás de cada uno de los pasajeros que pasaban cerca o dentro de su radio estimado.
En uno de los intentos se acercaron a una señora, muy señoreada, y pude comprobar que lo que ofrecían las niñas era una simple tarta. Esta señora no aceptó el ofrecimiento, yo creo mas bien porque no tenía ni pajolera idea de lo que las niñas decían, pero el resto, ni tan siquiera se paraban y dejaban a las pequeñas con la palabra en la boca. Los pocos que sí lo hacían, rechazaban la tarta  como si estuviera hecha de escarabajos.


Me levanté, me preparé mi té y cuando volví a mi sitio, escuché como en una estampida las pisadas de las niñas se acercaban a mi oficina.
Eran súper graciosas, con uniformes, coleteros de colores, aparatos en los dientes, todas sonriendo (a pesar de todo) y con unos ojillos brillantes que me miraban expectantes aguardando mi respuesta.
Hablé con ellas, me contaron que querían regalar esa tarta a alguien, pero que absolutamente  nadie la había querido. Quise convencerlas para que lo volvieran a intentar pero tenían que irse porque su vuelo empezaría a embarcar en breves momentos, y me dijeron que no.


Me la regalaron, para mi y para el personal de mi oficina por haberlas escuchado...así, que acepté. Fue un estallido de gritos, risas, palmas y "thank you, thank you" varios. Al fondo, la que debía ser su profesora les levantó la mano con el símbolo de OK y las apremió para que se acercaran a ella. Todas corrieron de inmediato,no sin antes volver a agradecerme que le hubiese escuchado y mientras se alejaban se volvían y me decían adiós con sus pequeñas manitas.
Las seguí con la mirada hasta que se perdieron por detrás de los mostradores. Solté la tarta y me senté y en ese momento caí en la cuenta que llevaba un rato sonriendo y que cualquier rastro de enfado había desaparecido por completo y todo gracias a las pequeñas "guiris" colegialas, que cambiaron mi estado de ánimo en cero coma dos.

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